En este mundo de extraños…

Rosario Carmona Meza | Martes, 30 Junio 2015.

En este mundo de extraños…

Carmen dice que su viaje desde Nicaragua hasta Estados Unidos fue una tragedia.

Es más, basta con empezar a recordar para que su voz se quiebre y las lágrimas se le escurran.

Fue hace muchos años, muchos, me dice.

“Pero haga de cuenta que ahorita es que estoy en la mitad del río y me estoy ahogando de nuevo”.

Traía en el vientre a una bebé que se salvó de morir en pleno centro de México.

Fueron muchas horas de viaje y cuando llegó al Distrito Federal ya traía una hemorragia que por poco le cuesta la vida a ambas.

Y el recuerdo es doloroso. Días de hospital, cuidados excesivos, el riesgo siempre latente, pero cuando de verdad se le atoran las palabras es cuando empieza a reconstruir el cruce del río.

“Estaba bien oscuro porque nos dijeron que era mejor cruzar de noche, el agua estaba helada. Yo iba pegada a mi esposo porque no sé nadar y estaba más que asustada, aterrada”.

Dice que había una sola balsa, muy pequeña, y que junto con ellos una mujer cruzaba a sus hijos, pero temían que no fuera a resistir el paso así que el esposo de Carmen se cargó en la espalda a una niña pequeña y a ella le dijo “agárrame y no te sueltes”.

Pero en un momento de miedo, a ella le tembló el cuerpo y se soltó de pronto.

“Al principio es como si peleara en el agua, pero cuando luchaba me iba más al fondo y  luego ya no supe nada”.

Su esposo tuvo que actuar rápido ayudado por el pollero y al final tanto la niña como ella se salvaron.

Ya en el lado de Estados Unidos los llevaron a una casa donde sus familiares irían a recogerlos.

Pero los días pasaron y nadie llegaba a buscarlos.

Un cuarto de hotel de paso fue el primer sitio donde estuvieron pero el dinero se agotaba y decidieron moverse a un refugio lleno de inmigrantes, ahí estaban hacinados, escondidos y compartiendo el miedo.

Yo nada mas lloraba y quería regresarme a mi casa, recuerda. “Le decía a mi esposo vámonos, vámonos, yo no quiero estar aquí, llévame de regreso”.

Los directivos del albergue les dijeron que si de verdad pensaban en regresarse que bastaba con que salieran a caminar enfrente, junto a las vías del tren, y que de ahí los iban a recoger inmediatamente los de la Patrulla Fronteriza.

Así lo hicieron.

 

Pero cuando los detuvieron quedaron separados.

“A mí me llevaron a un lugar con puras mujeres y yo nomás lloraba. Luego me pasaron a un cuarto y el oficial, un güero, me empezó a preguntar de dónde era y yo le decía que era de Nicaragua y me decía que no era cierto. Me mostró muchas banderas para que eligiera la mía, me pidió que respondiera preguntas para demostrar de dónde era hasta que al final me dijo, es cierto, ya te creo.

Y así de la nada que me dice, tú vas a ser mi cocinera.

Yo le decía que no, que yo no sabía cocinar, que me mandara de regreso a mi país pero con mi esposo y él me dijo que no, que yo le iba a cocinar aunque fuera nada más frijoles.

Y así fue.

Lo convencí para que fuera por mi esposo y nos llevó a los dos a su casa y ahí con su familia estuvimos por muchos años, hasta nos ayudó a tramitar los papeles para la residencia y gracias a él es que no nos regresaron.

Al paso del tiempo ellos se alejaron y dice que nunca volvieron a encontrarse, lo vio una vez en televisión, “ese es mi Ángel”, les dijo a sus hijos, “no se me olvida su cara”, insiste.

Hoy Carmen tiene nietos, trabaja de las 4 de la madrugada a las 12 del día, es la encargada de la limpieza de un edificio.

Es un trabajo duro, a veces el cansancio la vence, especialmente en el invierno cuando tiene que llegar en medio de terribles nevadas y dedicar las horas a los rudos quehaceres. Pero le anima ver a sus nietos, le animan pequeñas cosas.

Y es curioso porque, cuando recuerda su historia, lo primero que viene a su mente es la noche oscura cuando casi pierde la vida en la mitad del río y es a medida que las palabras se resbalan en el tobogán de los recuerdos como reconstruye el episodio de ese hombre que sin conocerla y en una inexplicable circunstancia le cambió la vida.

A veces pasa, ¿no es cierto?

Pasa que nos perdemos en eso que nos lastima, en esos recuerdos que nos duelen y nuestra memoria o nuestros sentimientos se atoran en la tristeza.

Y es que sí, es muy fácil contagiarnos de desesperanza cuando alrededor del mundo sólo se habla de construir muros, de dividir los pueblos, de esclavos modernos, de traficar con seres humanos, de sacrificar las reservas naturales, de contaminar los ríos, de lastimarnos, juzgarnos y castigarnos el uno al otro…

Pero aún así, conocer a Carmen y que de la nada me cuente su historia, me regale un abrazo, me invite a su casa, sólo porque sí, porque  en este mundo de extraños basta con muy poco para que un desconocido te devuelva la esperanza.

¿Y aprendió a cocinar en esa casa? Yo, no que va, (suelta una carcajada) nada más una vez mi marido les hizo una sopa…