Reflexiones a solas... el dolor emocional

Blanca Patricia Galindo | Lunes, 06 Febrero 2017.

Imagen tomada de internet

Cualquiera podría pensar que una vieja herida es algo que ya sanó y hasta se nos olvida. Pero no siempre es así. A veces, sin que te des cuenta, esa herida todavía duele, y mucho, y no te deja seguir adelante.

Y cuando de pronto decides que es tiempo de trabajar en su sanación, no sólo te sorprende que te acostumbraste a vivir con ese dolor, sino que además abres la herida y te das cuenta de que tiene pus, de que algo adentro se “echó a perder”.

Lo bueno es que puedes sanarla, aunque para eso necesitas abrir la herida hasta el fondo para exprimirla y lavarla. Sí, sí causa dolor, y mucho, y lloras, y te preguntas una vez más ¿cómo es que pasa esto?

Es posible que aprendamos a vivir largo tiempo con el dolor. O no, corrijo, el dolor quizá pasa, pero nos acostumbramos a vivir en el sufrimiento.

Reabrir una herida no es fácil, puede que duela más que cuando te la hiciste, pero si ya te decidiste a sanarla, si ya pudiste ver que todavía lastima, si ya pudiste ver que nada ganas quedándote ahí, ahora hay que tener el valor de exprimirla, de que salga todo lo infectado, de que el Ser recupere su grandeza.

Hoy aprendí que hay heridas que sin importar el tiempo que pase aún duelen, pero que dolerán más si nos negamos a verlas, si nos negamos a afrontar aquello que nos las causó, si cerramos los ojos ante lo que vivimos.

Sí, para sanarlas aplica el clásico ejemplo de la cebolla a la que le vamos quitando las capas una a una, duele… pero al final hallaremos la pureza del Ser, al final nos reencontraremos a nosotros mismos. Sí… así es.

Al final, sabemos que todo pasa… y esto también pasará.

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