Historias de una madre perruna...

Ivonne Caballero | Miércoles, 05 Agosto 2015.

Historias de una madre perruna...

Botella al mar...

Pongo estos seis versos en mi botella al mar

con el secreto designio de que algún día

llegue a una playa casi desierta

y un niño la encuentre y la destape

y en lugar de versos extraiga piedritas

y socorros y alertas y caracoles.

Mario Benedetti

Historias de una madre perruna (parte 1)

Hace 12 años tuve la extraña idea de querer ser madre. Pensé por un tiempo que era algo que me faltaba hacer en la vida, el contexto en ese entonces era ideal para asumir esa responsabilidad. De pronto, me vi envuelta en toda clase de estudios de diversos tipos porque los meses pasaban y nada ocurría, comenzaron los tratamientos y los miles de remedios, desde los tradicionales tecitos hasta los más sofisticados -y a veces vergonzosos- análisis con las consecuentes visitas al ginecólogo; era tal mi estrés todos los meses que uno de los tantos doctores que me atendían me sugirió comprar un perrito para tener algo en que entretenerme y dejar de sufrir cada mes cuando me daba cuenta de que a pesar de todo, el objetivo no se lograba.

Así llegó Poly a mi vida, elegida en un mostrador de una tienda de mascotas de Plaza Dorada.

El vendedor la tomó de entre varios cachorros y me sugirió que era un animalito de carácter dócil y que seguramente me haría muy feliz tenerla conmigo porque era una hembrita y éstas son siempre más cariñosas. No se equivocó. Desde que la tuve en mis brazos me dediqué a cuidarla y quererla, le compré vestiditos, collares, moñitos, la bañaba casi cada tercer día y hasta le provoqué una dermatitis por exceso de cuidados y limpieza.

Como toda mamá perruna primeriza, cometí miles de errores con ella, la alimentaba de más, la traía cargando a todos lados, la apapachaba tanto que unos meses después la pobre me veía y corría a esconderse bajo la cama, en pocas palabras la harté. Es que descargué en ella todo el (poco) instinto maternal que tenía en ese tiempo. Cuando me di cuenta ya habían pasado varios meses y ni me acordaba de ir al ginecólogo. Un día  me llamó para saber si ya estaba embarazada –quizá por ese motivo dejó el tratamiento- me dijo.  Yo le contesté que no había pasado tal cosa, pero que, como me había sugerido, me compré un perrito y que gracias a eso mi interés por embarazarme había desaparecido porque me parecía que con Poly ya tenía suficiente trabajo de mamá perruna y que estaba de lo más contenta; recuerdo que el doctor se soltó a reír a carcajadas y me dijo que el mío era el caso de esterilidad que más fácil y rápido había resuelto en toda su carrera y me felicitó por estar tan contenta con mi perrhija. Asi fue como Poly me hizo mamá y me realizó en ese sentido porque nunca más volví a sentirme mal por no haber tenido hijos propios.

Ella era para mí lo que siempre quise y se convirtió desde ese tiempo en todo mi mundo. Hizo conmigo la tesis de maestría, (dormía junto a mi computadora todas las tardes cuando me ponía a escribirla) observaba atenta como tecleaba y tecleaba sin parar. La computadora se volvió  un artefacto usual en su vida, me hizo reír mil veces con sus travesuras, corría feliz como loquita por toda la casa y se convirtió en mi compañera fiel de muchos años.

Cuando cumplió tres años pensamos que era hora de darle un novio y le conseguimos a Blacky, era guapísimo y se enamoraron de inmediato, la pobre se puso tan gorda que ya no podía saltar a la cama. Cuando nacieron sus cachorros, se comportó como toda nena consentida porque los dejó solitos, se sintió liberada del peso, volvió a la cama y se negó a hacerse cargo de sus cachorros, dos murieron de hipotermia, pero otros dos lograron sobrevivir y como no quería estar con ellos me volvió a dar otra de mis más grandes enseñanzas y satisfacciones, me hizo mamá de tiempo completo porque tuve que atender a sus cachorros día y noche, les di mamila y fórmula para perritos, los cuidé noche y día poniéndoles frasquitos de agua caliente para conservar su temperatura mientras ella dormía plácidamente en la cama. Así pasé un mes con Pretto y Noir hasta que lograron fortalecerse y sobrevivir, se convirtieron en otros dos hijos más. ¡Qué regalo más hermoso me dio mi nena! Con esa experiencia viví lo que seguramente hubiera pasado si hubiera tenido un hijo, me desvelé cada 2 horas, revisaba que los peques estuvieran bien,  no dormí completamente como dos meses, los llevaba a mi oficina en una canastita para tenerlos conmigo, me mantuve pendiente de ellos cuando se enfermaban y claro, Poly siguió siendo la reina de la casa, como siempre. Compartía su territorio con los otros, pero se sabía la más importante pues tomaba el mejor puesto en la cama, se subía a mi camioneta en el lado del copiloto y el resto atrás.

Años después, ya muy madura, le dio por jugar a la mamá con un perrito de peluche que llevaba a todos lados como si fuera su hijo. Como Pretto era extremadamente cariñoso ella comenzó a ser igual pero con sus límites.

Otros perrhijos se unieron a nuestra manada y fuimos por años muy felices. Lloré abrazada a ellos el día que la muerte me ganó la jugada llevándose a mi papá Pichi. También cuando tomé la decisión de divorciarme. Sufrí las muchas veces que otras personas los despreciaron  hablando de ellos como un problema. Un día me fui de una vida vacía. Quemé las naves y tomé un camino a otro lugar con ellos sentados a mi lado en nuestra camioneta dejando atrás una vida para iniciar otra.

Enfermé y todos ellos cuidaron como pudieron de mí. Nunca se separaron de mi lado mientras dormía para evadirme de una dura realidad. Vigilaban mi sueño, lamían mis lágrimas.

Tiempo después Poly enfermó. Se puso triste, le costaba subirse a la cama y el veterinario dijo que tenía un problema renal.  Hice todo lo posible por darle unos días más de vida pero los estragos de la edad y de los problemas renales eran evidentes, sabía por el doctor que no estaba sufriendo porque el medicamento le ayudaba, pero,  en el fondo también me daba cuenta de que prolongaba su agonía  por no tomar una decisión. Costó trabajo porque no podía hablarme y no tenía idea de lo que ella prefería, a veces la veía tan contenta moviendo su colita, comiendo mucho, pidiendo más, entonces me parecía que todavía no quería irse. Pensaba como mamá que uno hace hasta lo imposible por ver a sus hijos felices y me llenaba de valor para hacer lo que fuera  con tal de tenerla bien.

No hubo mucho tiempo para más, entendí que sufría más que yo y decidí dormirla porque las esperanzas de recuperación eran nulas. La noche antes de su partida dormí junto a ella, la abracé lo más que pude, me despedí mil veces de ella y le dije que la amaba. Le pedí perdón. Le repetí más veces que la amaba y la abracé todo el tiempo mientras se le escapaba la vida.

¡A mí se me murió una hija y el dolor es inmenso! Con todo el dolor de mi corazón, no puedo más que agradecerle a la vida los años de felicidad que Poly me brindó, me hizo mamá y me dio dos hermosos regalos.

Ahora la llevo en mi corazón como tengo tatuados también a mis padres, mis tías y mis amigos que se adelantaron en el camino. Lo que siento es que siempre vivirá en mi corazón y en mi pensamiento. Y que gracias a ella soy y seguiré siendo La Madre Perruna....